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¿Todo está inventado? No lo creemos. Este es un manifiesto creativo para los que tienen más pestañas abiertas que excusas.

Vivimos con la ansiedad de tener “LA IDEA”. La original. La que va a romper internet, ganar premios y—por qué no—hacer que tus papás finalmente entiendan a qué te dedicás. Pero adivina qué: no todo está inventado… y tampoco estás acá para inventarlo todo desde cero.

Y eso no es malo. Es liberador.

Nadie crea en el vacío

Austin Kleon lo dijo sin rodeos en Steal Like an Artist: “Nada es original. Todos los trabajos creativos se construyen sobre lo que vino antes.” Las ideas no nacen por combustión espontánea. Nacen de otras ideas. De lo que viste caminando a casa. También lo que escuchaste en ese podcast que te recomendaron días antes. Incluso ese TikTok de 12 segundos que te voló la cabeza.

La creatividad no es parir diamantes de la nada. Es coleccionar referencias, absorber el mundo, filtrarlo y pulirlo con tu punto de vista y devolverlo convertido en algo nuevo, diferente.

Referenciar NO es copiar

La diferencia entre plagio y creatividad está en la intención y la transformación. Una referencia no es una muleta: es una plataforma. No se trata de repetir, sino de usar lo que ya existe para ir más lejos.

Como dice Keith Sawyer en Zig Zag, la creatividad rara vez es un momento “¡eureka!”. Es un proceso de zigzags: recopilar, combinar, experimentar. Las ideas buenas se construyen, se testean, se mejoran.

¿Te gustó un diseño? Analízalo. ¿Te inspiró una campaña? Despedázala. ¿Viste algo que te hizo ruido? Guárdalo. Todo sirve si sabes usarlo como combustible. En palabras de Julia Cameron (The Artist’s Way), hay que vivir “con el radar encendido”: atentos, receptivos, listos para anotar lo que otros dejarían pasar.

Curar, conectar, crear

Hoy el mundo está lleno de contenido, pero escaso de criterio. Por eso, un creativo no solo inventa: también cura. Decide qué entra y qué no. Qué guarda y qué transforma.

Ese trabajo invisible de observar, bocetar, rayar, recortar, linkear y mezclar es tan importante como el momento eureka. De hecho, ese momento probablemente no llegue si no hiciste todo lo anterior.

Steven Pressfield, en The War of Art, lo llama “resistencia”: ese enemigo invisible que sabotea nuestras ganas de crear. ¿La cura? Hacer el trabajo, muévete, no te quedes quieto esperando resolverlo, bota ideas hasta las más absurdas o descartables. La inspiración llega cuando estás en movimiento.

Rick Rubin lo dice aún más simple en The Creative Act: A Way of Being: la creatividad no es un talento, es una forma de estar en el mundo. No se trata de esperar a que algo caiga del cielo. Se trata de cultivar un espacio interno fértil donde las ideas puedan emerger. Y eso se construye todos los días.

El miedo al “eso ya existe”

Todos lo hemos sentido. Esa decepción al descubrir que la idea que pensaste que era una bomba ya la hizo alguien en Estonia en 2017. Pero eso no significa que no valga.

Porque lo que cambia no es solo la idea, sino el contexto, el medio, la ejecución, la cultura, el momento, tu voz. ¡Ahí está la magia! En que no eres igual a nadie más. Entonces lo que haces, aunque parta de lo mismo, nunca será exactamente igual.

Elizabeth Gilbert lo resume bien en Big Magic: el miedo a no ser original mata más ideas que la falta de talento. Pero las ideas no son propiedad privada. Son entidades flotantes que buscan a alguien valiente dispuesto a ejecutarlas.

Lo importante no es haber tenido “la” idea, sino cómo la llevas a cabo. Como la cuentas. Con qué tono. Para qué audiencia. Y en qué momento del mundo.

Ya sabes NO sufras por “la idea”

No te tortures buscando “la gran idea”. La verdad es que esa presión —además de agotadora— es innecesaria. Porque lo que realmente importa no es la idea en sí, sino cómo la cuentas.

Lo que te hace único no es tener una ocurrencia brillante. Es la forma en que desarrollas esa idea. La forma en que la nutres. Cómo la narras. Y cómo la haces propia. Ahí está tu verdadero sello.
Y eso, más que cualquier concepto, es lo que envuelve a los otros y hace que te crean el cuento.

La diferencia entre una buena idea que pasa desapercibida y una que conecta, emociona y se queda en la cabeza de alguien, está en quién la cuenta y cómo la cuenta.

Conclusión

Todos tenemos un narrador dentro. Mejorar ese narrador —afinar su tono, elegir sus palabras, encontrar su ritmo— es mucho más valioso que esperar a que llegue una epifanía.

Porque al final, lo que dejas en el mundo no es solo una idea.
Es una historia.

Y las historias son lo que nos hacen humanos, lo que compartimos, lo que perdura.

Así que la próxima vez que te sientes frente al lienzo en blanco, no te preguntes “¿es suficientemente original esta idea?”. Pregúntate:
¿Cómo la puedo contar de forma que nadie más podría hacerlo?

Esa es tu voz.
Ese es tu aporte.
Y ahí está la magia.

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